jueves, 22 de mayo de 2025

Cuando mi alma me pide moverme

Llevo semanas —quizá meses— con una sensación difícil de ignorar. No se trata de un problema concreto, sino más bien de un cosquilleo constante: una incomodidad silenciosa que se ha ido colando en mis días laborales y mis pensamientos más íntimos. En lo profesional, me siento estancado. No porque no trabaje, ni porque no lo haga con responsabilidad; simplemente, siento que ya no hay para dónde crecer en el lugar en el que estoy.

La administración actual en mi empleo ha generado cierto roce conmigo, y aunque no me han despedido ni algo por el estilo, el ambiente no da para más. No hay ascensos, no hay nuevos retos, no hay apertura. Y eso me pesa. Al mismo tiempo, no puedo tomar decisiones a la ligera. Tengo una familia que depende de mí, y el ingreso que hoy tengo me permite cumplir con mis responsabilidades. Sería mentirme si dijera que no tengo miedo de soltar eso sin una red que me sostenga.

Pero aquí viene lo más importante: dentro de mí, en lo profundo, sigue latiendo una llama. Es ese viejo deseo de tener algo propio, de emprender un negocio, de arriesgarme con una idea —aunque todavía no sé bien cuál. Es una sensación mezcla de ilusión y vértigo. A veces pienso si esa idea nace desde la frustración del trabajo actual, o si es una auténtica llamada del corazón.

Y como si eso fuera poco, hay otra voz interna que no he dejado de escuchar: la de mi yo programador. Ese que encontraba paz al escribir código, que disfrutaba construir soluciones, diseñar páginas web, perderme entre líneas de lógica. No era un experto, pero sí alguien que encontraba satisfacción genuina en crear desde cero. Últimamente, esa parte de mí ha empezado a hablar más fuerte. Me cuestiono si no será momento de regresar a eso, incluso aunque implique un giro profesional muy distinto al que tengo hoy.

Con todo esto en la cabeza, me pregunté: ¿estoy desvariando? ¿Estoy queriendo huir? ¿O estoy, por fin, escuchándome?

Después de reflexionar y hablar conmigo mismo con brutal honestidad, llegué a una conclusión: no estoy perdido. Estoy despertando.

No se trata de una crisis, sino de una transición. No es que quiera huir de mi vida, sino que mi alma me está pidiendo que me mueva. Y lo haré, pero con estrategia. Con cabeza y con corazón.

He decidido que mi próximo paso será múltiple.

Mantener mi trabajo actual, pero con otra actitud

Mientras no tenga una opción sólida, seguiré cumpliendo con mis responsabilidades. Pero ya no lo veré como mi destino, sino como mi base de operaciones. No permitiré que me drene emocionalmente, ni que me consuma. Es un medio, no un fin.

Volver al código: reencontrarme con el programador que fui

Voy a dedicar tiempo (no importa si son noches o fines de semana) a practicar programación otra vez. A recuperar la habilidad, el ritmo y la emoción. Quizá sea el paso para cambiar de empleo, o quizá sea el fundamento de un futuro negocio propio. Pero voy a reconectarme con esa parte de mí que se siente viva al crear.

Explorar con método la idea de emprender

No me lanzaré al vacío, pero tampoco ignoraré la llamada. Voy a investigar, analizar, escribir ideas, estudiar modelos. Puede ser una franquicia, una tienda de productos mexicanos, un servicio digital, o algo que aún no imagino. Pero empezaré a construir esa idea poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa.

Esto no es un plan definitivo. Es el inicio de un camino. Un mapa que trazaré con calma, sin dejarme vencer por el miedo, pero sin negar que existe. Porque a veces, el miedo no es un enemigo: es un guardián que nos pide avanzar con inteligencia.

Y si alguna vez me vuelvo a perder, si la rutina me atrapa otra vez o si dudo de mí mismo, volveré a leer estas líneas. Porque aquí está el recordatorio de que no estoy atrapado: estoy despertando hacia una nueva etapa de mi vida.

Y eso ya es un gran primer paso.

sábado, 3 de mayo de 2025

A mi hijo (Carta #9)

Mi querido Noah,

A veces todavía te digo “mi bebé”, aunque tú ya bien sabes que no lo eres. Te aferras con orgullo a ser un niño grande, y cómo no, si te lo has ganado con creces. En estos últimos meses hemos empezado a ver más de ti, de tu carácter, de esa forma tan tuya de ser, y me emociona pensar en la persona en la que te estás convirtiendo.

Cada día haces algo nuevo. Ya vas solo a la cocina, abres el refri buscando algo de comer como si nada, y hasta quieres ir solo al baño, aunque todavía vamos contigo —por si acaso. Y yo ya empiezo a sentir que no falta mucho para que nos pidas tu propia cama, tu espacio. Aunque la verdad, dormir los tres apretados sigue siendo uno de los momentos más bonitos del día. Yo hago como que me quejo, pero me encanta tenerte cerca, escuchar tu respiración mientras dormimos los tres juntitos.

Me da tanta alegría verte hablar más con la familia, y escuchar como nos dices que mamá y papá somos tus mejores amigos del mundo —sobre todo después de esas batallas de almohadas y los brincos en la "alberca" de cojines que armamos en la sala. Son momentos que parecen simples, pero que para mí se quedan grabados.

Todo de ti me gusta, incluso cuando nos haces enojar un poquito con tus travesuras y tu carácter fuerte. Eres rebelde, sí, pero también eres un niño noble, con un corazón enorme. Tu mamá está haciendo un trabajo increíble contigo. Yo a veces me paso de permisivo, lo sé, y por eso ella me regaña. Pero ahí voy, aprendiendo también.

Te amamos muchísimo, flaquito. Aquí seguimos, siempre para ti. Ser tu papá ha sido lo más increíble que me ha pasado.

Con todo mi amor,
Amigo Papá

jueves, 1 de mayo de 2025

A un paso del siguiente escalón

Últimamente he estado reflexionando mucho sobre la autorealización. Me pregunto si, para sentir que estoy verdaderamente vivo, necesito experimentar inseguridad, miedo o incluso cierta incomodidad. Quizás esas sensaciones no son señales de alarma, sino motores para avanzar, para atreverme a dar ese siguiente paso… antes de que ya no pueda dar más.

Siento que estoy a nada de tomar una decisión que puede cambiar mi vida (nuestra vida) de forma extraordinaria. Una decisión que, más allá del momento en que se tome, tiene que estar escrita en papel, con claridad, con propósito. Porque lo que haga hoy puede marcar la diferencia en lo que seamos dentro de cinco años.

En lo profesional, me he dado cuenta de que disfruto los altibajos. Claro que prefiero los momentos buenos, los logros, las satisfacciones. Pero también he aprendido a tolerar los tragos amargos, porque son parte de esta montaña rusa. Al final, todo suma: lo dulce, lo difícil, lo inesperado… todo aporta a mi crecimiento.

Si este cambio que estoy considerando llega a darse, no será algo repentino. No pretendo romper con todo lo anterior, sino evolucionar, ajustar lo que sea necesario, transformar los planes con el tiempo y, si es posible, mejorarlos. La idea es avanzar, no huir. Rediseñar con sentido.

A veces, estas ideas me rondan la cabeza sin parar. Me cuestiono: ¿necesito esto para sentirme vivo? ¿No debería bastarme lo que ya tengo? ¿Acaso la autorealización es una meta real o solo una ilusión que dibujo en mi mente cada día?

Me gusta aventurarme, aunque no siempre tenga respuestas. Y sí, muchas veces no hay camino de regreso. Pero, ¿acaso hay alguna garantía de que, si algo falla, lo siguiente será mejor? No. Y aun así, lo intento. Porque quiero sentirme útil. Quiero vivir experiencias que valgan la pena. Quiero retarme. Quiero saber que puedo más.

Mucha gente busca seguridad laboral. Yo también. Pero con el paso de los años, esa seguridad me empieza a quedar corta. Me empiezo a sentir incompleto. Entonces vuelvo a observar, a detectar fallos, necesidades, áreas de oportunidad. Ahí es donde me entrego por completo. Me importa dejar huella. Me importa que lo que hago tenga impacto, aunque sea pequeño.

Hace poco me preguntaron si había algún proyecto que me hubiera dejado verdaderamente satisfecho. Y la verdad es que, en cada lugar donde he trabajado, he tratado de dejar un granito de arena. Eso es lo que me impulsa: sentir que lo que hice sirvió para algo, que ayudó, que marcó una diferencia. Y si logré hacer eso una vez, sé que puedo hacerlo de nuevo.

Hoy me siento completo. Me siento motivado, seguro, acompañado. Y eso es justo lo que necesito para subir el siguiente peldaño en esta escalera que es la vida. Porque sé que cuando llegue al penúltimo escalón de mi autorealización, el miedo volverá. Pero también volverán las ganas de seguir subiendo, de lanzarme otra vez a la incertidumbre de lo que sigue, del siguiente reto.

Así será hasta que mi mente y mi corazón dejen de ser lo que hasta hoy son.